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domingo, 4 de noviembre de 2012

30 AÑOS DE DEMOCRACIA por Eduardo Anguita

A tres décadas del triunfo de Raúl Alfonsín
Año 5. Edición número 232. Domingo 28 de octubre de 2012
Por Eduardo Anguita
Cuando Alfonsín se lanzaba a competir electoralmente con el peronismo, sabía que la historia le jugaba en contra.
En Chile seguía firme la dictadura de Augusto Pinochet. De hecho, recién llamaba a un referéndum en 1988, en el cual un 44% de los chilenos apoyaba la continuidad del régimen. Las elecciones presidenciales se concretaron recién en diciembre de 1989 y Patricio Aylwin se imponía al frente de una coalición de partidos con el 55% de los votos. Eso sí, mediaba una reforma constitucional que dejaba una democracia tutelada por el dictador que, hasta el día de su muerte, conservaba completa impunidad sobre los crímenes cometidos.
En Uruguay, que tenía una dictadura que también había comenzado en 1973 al igual que en Chile, en noviembre de 1980 se había concretado un plebiscito destinado a legitimar el régimen cívico-militar. Fue rechazado, pero el 43% de los uruguayos votaron a favor del sistema autoritario. En agosto de 1984 se concretó un encuentro entre los usurpadores del poder y los representantes de los partidos Blanco, Colorado y la coalición del Frente Amplio. Tras once años de régimen anticonstitucional, se concretaban elecciones en noviembre de ese 1984. Pero eso sí, con una serie de proscripciones. Entre ellas, que no pudieran participar los candidatos que los dictadores consideraban irritativos. Así, ni Líber Seregni (FA), ni Wilson Ferreira (Blanco) ni Jorge Batlle (Colorado) estaban habilitados para representar a sus fuerzas políticas. Se imponía en los comicios el continuista Julio María Sanguinetti (Colorado).
Brasil vivía un régimen militar que había comenzado en 1964. A partir de 1979 comienza una transición política controlada por el dictador João Baptista Figueiredo, un general que asumía el rol de encausar un cambio bajo el control de quienes habían desconocido la Constitución 15 años atrás. La dictadura sancionó una nueva ley de partidos políticos, y en noviembre de 1982 se concretaron elecciones estaduales (provinciales) y parlamentarias, pero el régimen presidencial seguía siendo de facto. Recién en 1985, esa transición vigilada permitió la llegada de un presidente civil en Brasil. Se impuso la fórmula Tancredo Neves - José Sarney. La muerte de Neves hizo que asumiera Sarney. Ambos eran integrantes del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), una fuerza política cobijada por la dictadura y creada en 1979, precisamente con la llamada apertura brasileña.
Alfredo Stroessner era el dictador que más años llevaba. Había encabezado un golpe en Paraguay en mayo de 1954. En febrero de 1989 fue desalojado por otro golpe de Estado: uno de sus más estrechos colaboradores, el general Andrés Rodríguez, cuya hermana estaba casada con el hijo mayor de Stroessner, llegaba a la Presidencia. Una reforma constitucional de 1992 permitió cierta democratización institucional en Paraguay.
En Perú, el general Juan Velazco Alvarado encabezaba un golpe de Estado en 1968 contra el presidente constitucional, el conservador Fernando Belaúnde Terry. Pese a haber encabezado un levantamiento contra las instituciones constitucionales, era el único régimen militar que tenía una clara tendencia nacionalista y que llevó a cabo una reforma agraria. Su gobierno duró hasta 1975. Luego asumió otro general, Francisco Morales Bermúdez, quien ante el descontento popular accedió a una apertura democrática que permitió la vuelta del depuesto Belaúnde Terry.
En Bolivia, en agosto de 1964, el general José Barrientos encabezaba un golpe militar que desalojó al presidente Víctor Paz Estenssoro, líder del Movimiento Nacionalista Revolucionario, la fuerza popular mayoritaria, que había concretado, entre otras cosas, una reforma agraria. Hubo sucesivos gobiernos de dictadores que remplazaban a otros dictadores hasta 1982. Hubo una excepción, el general Juan José Torres, que llegó al frente de un levantamiento de obreros y campesinos y se mantuvo sólo diez meses (octubre de 1970 – agosto de 1971) en el poder. A Torres lo derrocó el general Hugo Banzer. En octubre de 1982 llegó al gobierno, por vía electoral, Hernán Siles Suazo, al frente de una coalición de partidos llamada Unión Democrática y Popular. Cabe consignar que Siles Suazo había participado, en cinco años precedentes, de tres elecciones nacionales convocadas por dictadores, que de inmediato eran desconocidas por otros facciosos que daban golpes de Estado.
Es imposible analizar las interrupciones constitucionales en los países del Sur latinoamericano durante esos años sin reparar en los niveles de dependencia de esos países de los planes del Departamento de Estado norteamericano para quienes estaban a cargo del Poder Ejecutivo, fueran dictadores desembozados o presidentes electos que aceptaban el tutelaje de Estados Unidos. Tampoco pueden dejarse de lado las otras dos formas de sujeción neocolonial. En primer lugar, la aceptación lisa y llana de los planes del Fondo Monetario Internacional y el andamiaje de bancos privados asociados a los planes de entrega de soberanía de esas naciones. El otro refiere a la aplicación de planes de exterminio de todos los opositores dispuestos a enfrentar a los sectores privilegiados, tanto en lo económico como en lo político. Para eso, el Pentágono norteamericano tenía la Escuela de las Américas, una academia militar creada apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, y que funcionaba en Panamá. Su misión era capacitar a oficiales y jefes militares del continente en métodos de exterminio y en la concepción entreguista de la soberanía de cada una de las naciones de la que esos militares decían defender.
Ahora Alfonsín. Leopoldo Galtieri, al igual que Banzer o los militares brasileños, paraguayos o uruguayos que encabezaban golpes de Estado, se sentía orgulloso de haber cursado en la Escuela de las Américas. De su entrenamiento dio cuenta al frente del exterminio de civiles en campos de concentración en la provincia de Santa Fe, al frente del llamado Segundo Cuerpo de Ejército. Llegaba al gobierno a fines de 1981 por vía de un golpe militar que desalojaba a otro dictador. Pese a su determinación de ser un satélite de Estados Unidos, Galtieri tenía un inglés muy defectuoso. El 1º de abril de 1982, después de haber preparado el desembarco argentino en Malvinas, es avisado de una comunicación buscada por el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan. Al rato, se produce la llamada y en la Casa Rosada buscaron a un joven diplomático que hablara fluidamente el idioma del actor devenido inquilino de la Casa Blanca. Así, Roberto García Moritán, quedó al lado de Galtieri para oficiar de traductor. La comunicación debía ser grabada para quedar como documento de Estado. Así, un coronel de Inteligencia llevó un aparato, lo dejó prendido y se retiró. Reagan le dijo a Galtieri que tenía información sobre movimientos militares argentinos en Malvinas. Al rato, dado que Galtieri daba vueltas, Reagan le advirtió que Margaret Thatcher era amiga suya y Gran Bretaña un aliado clave de Estados Unidos. Galtieri, en un momento, le dijo a García Moritán que no podía ser cierto eso, que su traducción debía ser defectuosa. Terminado el diálogo, el dictador hizo llamar al coronel de Inteligencia para conocer directamente los dichos de Reagan. Pero el coronel sorprendió a Galtieri cuando quiso poner el audio. El grabador no había funcionado y el dictador sacó al coronel a saltos de rana por castigo por su tremenda ineptitud. Esta anécdota da prueba de la gran improvisación de la dictadura, pero no remplaza el contexto real de resquebrajamiento del régimen, producto de una persistente resistencia popular y del severo aislamiento internacional que sufría el régimen, básicamente por la crueldad del método de desaparición forzada de personas. A fines de 1981, las agrupaciones políticas que la dictadura aceptaba como legales se conformaron en la Multipartidaria. A este espacio político, se sumaba la alianza de dirigentes gremiales que crearon la Comisión de Gestión y Trabajo, cuyo acrónimo era CGT, la Confederación General del Trabajo, prohibida por entonces. Cabe consignar que el día anterior a la conversación mencionada, se producía una concentración popular sin precedentes en la Plaza de Mayo, convocada por la CGT y apoyada por la Multipartidaria, con la participación de miles de militantes populares y de las organizaciones de Derechos Humanos.
Tras el desembarco y la improvisada ocupación de Galtieri, en la Multipartidaria se abrieron grietas. El entonces presidente del radicalismo, Carlos Contín, sostenía que ese espacio debía congelar los reclamos democráticos y, en cambio, era preciso apoyar a la dictadura, al menos mientras durara el conflicto. Los representantes de las otras fuerzas políticas decían que sí, que había que apoyar, pero hacían la salvedad de que no bajaban las banderas de la democracia. Eso sí, se subieron a un avión militar con destino a Malvinas. Entre ellos estaban el justicialista Torcuato Fino, el desarrollista Arturo Frondizi, el intransigente Oscar Alende y el demócrata cristiano Carlos Auyero. En abierta discrepancia con todos, incluso del representante de su partido en la Multipartidaria, Raúl Alfonsín ratificó la lucha por la democracia y se negó enfáticamente a dar ningún tipo de apoyo diplomático a la toma de Malvinas por parte de una dictadura.
Cuando unos meses después Alfonsín se lanzaba a competir electoralmente con el peronismo, sabía que la historia le jugaba en contra. Tanto en 1946, como en 1952 como en 1973 habían perdido. Arturo Illia había llegado al gobierno con la proscripción del peronismo. Muchos factores se conjugaron para que Alfonsín obtuviera el 51,75% de los votos y que Ítalo Luder, el candidato justicialista, llegara apenas al 40,16%. Desde ya, un país que salía de la entrega económica y de una represión genocida sin precedentes, podía tener una sociedad cuyo comportamiento tuviera sorpresas. Alfonsín tenía confianza en que ganaba, lo dicen todos quienes lo acompañaron en la campaña. Pero, además, tenía certeza de que la democracia y el Estado de Derecho se convertían en valores de mucha más pujanza que en años anteriores. Así como en 1973, Héctor Cámpora primero y Juan Perón después llegaban con la fuerza de la lucha por la justicia social, la soberanía política y la independencia económica, tras los años vividos en Argentina y Latinoamérica, la democracia basada en la Constitución se convertían en pilares de una sociedad que había vivido en el terror. Una sociedad que, si bien dio muestras de resistencia a través de la pelea de las Madres y las Abuelas y de muchas organizaciones de Derechos Humanos, así como de luchas obreras, salía de las catacumbas. Muchos de los que habían encabezado y organizado luchas populares estaban muertos, desaparecidos, exiliados, presos. Alfonsín se alejó de cualquier especulación y diálogo con los dictadores y jugó ahí un rol de audacia que no tenía precedentes en el radicalismo desde la mística de Hipólito Yrigoyen.
Todo el empuje de Alfonsín, todo el apoyo popular no fueron suficientes para que esos primeros años encontraran un terreno fértil. Los dictadores retrocedían, es cierto, y no sólo por la hecatombe económica, el fracaso de Malvinas y por la resistencia creciente. Pero dejaban un terreno minado. Y si bien las políticas de Estados Unidos fueron de simpatía al candidato triunfante y al proceso democrático que se abría en Argentina, la situación distaba mucho de poder encaminarse sin conflicto con los poderes que realmente limitaban la justicia social, la soberanía política y la independencia económica.
El mismo Alfonsín se lo planteó al mismo Ronald Reagan que había dialogado con Galtieri. Fue en oportunidad de visitar la Casa Blanca, el 19 de marzo de 1985 y que el presidente norteamericano le dejara dar un discurso. En esa oportunidad, Alfonsín dijo: "Que las democracias han heredado cargas muy pesadas en el orden económico. Una deuda que en mi país llega a los 50 milmillones de dólares y en América Latina en su conjunto está en alrededor de 400 mil millones de dólares, y esto conspira contra la posibilidad de desarrollo, crecimiento y justicia. Esta es sin duda, una de las grandes diferencias entre nuestros dos países; nosotros apoyamos la filosofía que usted ha señalado, la filosofía de la democracia, la libertad y el Estado de Derecho que nos iguala. Pero el hombre, señor presidente, para ser respetado cabalmente en su dignidad de hombre,no solamente tiene que tener la posibilidad de ejercer sus derechos y prerrogativas individuales, sino que debe tener la posibilidad de vivir una vida decorosa y digna."
Muchos de los radicales que hoy recuerdan a Alfonsín como un protagonista clave de la historia presente, deberían tener presente esas palabras. Tanto la Argentina como la mayoría de los países de la región no sólo salieron de los regímenes autoritarios sino que están recorriendo caminos de independencia económica con liderazgos políticos democráticos. Es hora, para muchos, de pensar en el tamaño de los desafíos y, en consecuencia, de la grandeza de las alianzas y puntos de encuentro.
tomado de miradas al sur